domingo, 2 de agosto de 2015

¿Cómo levantar el control de cambio? Una hoja de ruta


El control de cambio se ha convertido en el elefante blanco de la economía venezolana: durante mucho tiempo todos hemos sabido que ahí está el problema central, pero muy pocos políticos se habían atrevido a decirlo públicamente. Éste es un hecho curioso que se puede atribuir a un conjunto relativamente razonable de prejuicios.
En primer lugar, está el hecho de que durante muchos años, para bien y más recientemente para mal, el gobierno ha venido importando bienes de consumo a tasas preferenciales, que también resultaron en precios artificialmente bajos. Esta circunstancia, además de ahogar a los productores nacionales de dichos bienes, provocó un boom de consumo que fue sostenido a punta de importaciones, pagadas a su vez con petróleo y deuda. Mientras fue posible, con los precios del petróleo subiendo y nuestra deuda creciendo exponencialmente, esta práctica creó una suerte de ilusión del socialismo posible.
Una vez que cayeron los precios del petróleo y, predeciblemente, los mercados de crédito empezaron a tener dudas sobre Venezuela y a exigirnos tasas cada vez mayores, los productos “controlados” distribuidos a través de la red de distribución expropiada por el régimen venezolano se hicieron más escasos, llegando eventualmente algunos a desaparecer.
En segundo lugar, no existe una receta clara acerca de cómo salir del control de cambio, como no sea de la forma en que hemos salido otras veces; es decir, eliminándolo de golpe y porrazo. Dada la vulnerabilidad económica que exhiben amplios segmentos de la sociedad, muchos se preguntan si existe una forma más gradual de salir del control de cambio. Es una preocupación legítima. A fin de cuentas, la población más vulnerable es precisamente aquella que el régimen se vanagloria de proteger. Tras la bonanza petrolera más prolongada de nuestra historia, este segmento de la población exhibe una mayor dependencia del Estado, no cuenta con trabajos productivos, y muy probablemente, a fuerza de depender de la suerte y de los ingresos de otros, haya venido perdiendo la confianza en sí misma.
Por último, existe el mito de que si se levanta el control de cambios en Venezuela, todos saldríamos corriendo a cambiar nuestros bolívares por dólares, y la fuga de capitales sería colosal. Esta es una de esas creencias populares difíciles de cambiar, pero que no coincide con la evidencia que se deriva de nuestra experiencia con controles. En una investigación publicada recientemente hemos demostrado que la fuga de capitales, cuando se incluyen estimados conservadores de la sobrefacturación de importaciones que suele ser rampante en estos períodos, es mayor con control de cambio que sin él. La diferencia está en que con controles el gobierno tiene cierta capacidad para decidir quiénes se fugan.
Cinco premisas básicas
Antes de pensar en un mecanismo gradual para salir del control de cambio, me gustaría introducir cinco premisas básicas. La gradualidad ésa a la que uno suele aludir y que en ocasiones de transiciones políticas puede ser conveniente, cuesta real. Corregir los desajustes creados por el control de manera gradual implica, necesariamente, mantener diferentes precios del dólar durante algún tiempo, lo que a su vez reduce tanto la recaudación fiscal como los beneficios derivados de una mayor eficiencia del sistema de precios (a la vez que mantiene los incentivos a la corrupción).
Durante la campaña electoral de 2012 analizamos varios mecanismos para levantar el control de cambios de forma gradual. En aquel entonces, el petróleo venezolano rondaba los cien dólares por barril y nuestra reservas internacionales los 25.000 millones de dólares. Tres años después, el petróleo venezolano ha caído por debajo de los cincuenta dólares por barril y nuestras reservas apenas llegan a 15.500 millones de dólares. Peor aún: hemos ido agotando de a poco todas las fuentes de divisas que teníamos a nuestra disposición, adelantado acreencias a grandes descuentos, endeudando CITGO, disponiendo de nuestros Derechos Especiales de Giro en el Fondo Monetario Internacional (FMI), además de vender parte de la capacidad refinadora del país en Estados Unidos
Todo esto para decir que proceder de forma gradual requiere de unas reservas con las que Venezuela no cuenta en este momento. Nuestro país enfrenta una colosal crisis de liquidez que obliga a escoger entre recortar nuestras importaciones hasta niveles no vistos en quince años (cuando no sólo éramos muchos menos, sino que además contábamos con algún tipo de aparato industrial) o pagar la deuda. Vender activos para cubrir la enorme y creciente brecha es insuficiente, pero además se me antoja la expresión más pura de daños al patrimonio nacional. Sin rumbo, sin política económica y sin credibilidad, no tiene sentido salir a vender en el momento más desesperado, pues eso es algo que no se le escapa a los potenciales compradores.
Esto quiere decir que con toda seguridad Venezuela requerirá de un paquete de financiamiento para superar su situación actual. Las ayudas internacionales se suelen canalizar a través del Fondo Monetario Internacional. Algunos le tienen miedo a la expresión y creen que se protegen políticamente evitando las siglas y aludiendo a préstamos de UNASUR (organismo sin ninguna experiencia como banco de desarrollo), a la banca multilateral de los BRICs (que todavía no ha otorgado su primer préstamo) o a China (cuya experiencia como banquero multilateral ha sido catastrófica, a juzgar por la experiencia venezolana). En cualquier caso, comencemos por reconocer que sin financiamiento para fortalecer nuestras reservas es imposible levantar el control en la situación que estamos. Eso es cierto hoy en día y lo seguirá siendo de aquí en adelante.
La gradualidad no sólo es un elemento necesario para poder realizar un ajuste sostenible desde el punto de vista social, que a su vez le de credibilidad al proceso de reformas: es un requisito indispensable si queremos reformar la economía evitando una nueva crisis bancaria. Levantar el control de cambio tiene como requisito previo liberar las tasas de interés. Nadie va a mantener depósitos en bolívares ganando 15% de interés, mientras la inflación supera los tres dígitos, a menos que se vea forzado a hacerlo. Es un mecanismo perverso que ha perfeccionado la revolución y que, básicamente, traslada los impuestos al ahorro que cobra a quienes se ven obligados a mantener su dinero en bolívares, y transfiere a quienes tienen acceso a dólares a tasa de cambio oficial. La banca venezolana está llena de bonos del gobierno que rinden en promedio 14%, incluyendo unos bonos públicos que han sido forzados a tomar recientemente a 3% nominal. Además, poseen numerosos créditos hipotecarios, turísticos, agrícolas y demás “carteras dirigidas” (gavetas) a tasas de interés subsidiadas. Los movimientos en la política cambiaria deben ser cuidadosamente coordinados con la banca, porque un desbalance de la magnitud que se ha planteado entre tasas activas y pasivas en el evento de un levantamiento súbito del control de cambio, provocaría una caída de los bancos que bien podría descarrilar el proceso en la primeras de cambio.
Cualquier sistema que se adopte en transición hacia una tasa de cambio libre debe reducir los desequilibrios que existen actualmente, no acentuarlos.
La literatura económica ha documentado casos exitosos con tasas de cambio duales (de nuevo, como mecanismo de transición), en tanto la prima del mercado paralelo libre sobre la tasa oficial no supere el 30%. De acuerdo con mis números, la tasa de cambio de equilibrio de la economía venezolana debería estar hoy en día alrededor de 150-170 bolívares por dólar. Eso quiere decir que una tasa de cambio unificada oficial debería ubicarse en la vecindad de 110-130 bolívares por dólar. En cualquier caso, sea ésa o una más baja, será una devaluación significativa que tendrá impactos en el poder adquisitivo de los venezolanos y le exigirá al gobierno malabarismos fiscales para implementar programas sociales compensatorios, condicionados y no condicionados.
También es conveniente recordar la trinidad imposible (Obstfeld-Taylor dixit), según la cual los países pueden escoger sólo dos factores de tres: libre movilidad de capitales, tasa de cambio fija y política monetaria independiente. Nunca se pueden escoger las tres.
En el caso de Venezuela, dada las dificultades previsibles de una transición gradual y la necesidad de una herramienta clave para manejar las expectativas inflacionarias, la independencia de la política monetaria es fundamental. La libre entrada y salida de capitales es inherente al levantamiento mismo del control, por lo que el candidato a sacrificar es la tasa de cambio fija. Esto quiere decir que, dentro del contexto de transición, la tasa de cambio oficial administrada por el Banco Central de Venezuela debe ser flexible. Muchos economistas, algunos muy respetables y otros no tanto, piensan que para promover credibilidad es necesario comprometerse con un patrón de cambio fijo (o incluso con la adopción de una moneda extranjera). Tanto la literatura económica como la experiencia reciente indican que no hay nada menos creíble que tratar de promover credibilidad adoptando una medida o patrón que el país no tiene cómo sostener. Es el tipo de arreglo rápido y fácil que suele terminar muy mal. La dolarización, en concreto, sin instituciones y sin disciplina fiscal no tiene sentido… y con ellas no hace falta.
Por último, es necesario superar el mito de que sin control de cambio Venezuela sufriría una fuga de capitales sin precedentes. Durante los treinta años que van de 1983 a 2013, se fugaron de Venezuela 155.200 millones de dólares y la sobre-facturación de importaciones estimada de forma muy conservadora sobrepasó los 52.000 millones de dólares. Entre ambas, representan más de veinte años de importaciones de comida. Con un sistema cambiario más creíble y una economía abierta, donde se restituya el derecho a la propiedad como institución y prevalezca la ley, Venezuela podría revertir esa tendencia y convertirse en un receptor neto de capitales. Pero esto implica adoptar un nuevo modelo de desarrollo. Mientras Venezuela siga siendo un país donde quienes tienen bolívares están más pendiente de la tasa a la que puede comprar dólares que de las oportunidades de inversión, no habrá programa de ajuste que pueda considerarse exitoso.
UNA PROPUESTA PARA EL LEVANTAMIENTO GRADUAL
DEL CONTROL DE CAMBIO
No existe una secuencia óptima, ni receta mágica que indique cómo se debe levantar el control de cambio de forma gradual. En todo caso, la velocidad depende en buena medida del grado de credibilidad de la administración que la ejecute, de la percepción de sostenibilidad y estabilidad política y, en consecuencia, del beneficio de la duda que los inversionistas nacionales e internacionales le otorguen a los encargados de conducir la transición. Es por esa razón que al régimen actual le resulta no sólo imposible, sino también muy poco conveniente levantar el control: Correrían con los costos, sin ninguna oportunidad de recoger los beneficios.
Fase I
10 medidas para iniciar el levantamiento del control de cambio
En una primera fase, el gobierno debe dejar claro que el levantamiento del control de cambio es una de sus prioridades. Durante esa primera etapa, las señales que se puedan enviar al mercado para proveer credibilidad son esenciales y no conllevan significativos costos políticos. El gobierno debe esforzarse por sentar las bases de una nueva relación entre el Estado y el sector empresarial, restablecer la institución de la propiedad privada, restituir la confianza en las reglas del juego y garantizar la seguridad jurídica. También debe promover una discusión nacional alrededor de un nuevo contrato social, que contenga las bases de qué hace el Estado por el ciudadano y qué debe hacer el ciudadano por el Estado y por sí mismo. En esta primera etapa, los anuncios que se realicen y las señales que se envíen son esenciales.
1. Crear un Fondo de Inversiones de Venezuela, con el mandato claro de gerenciar el portafolio de empresas públicas no-petroleras y no-financieras, retornándolas a sus antiguos dueños en los casos de expropiaciones o preparándolas para la venta en esquemas que incorporen a los trabajadores y que serán evaluados de manera individual, según las circunstancias de cada empresa.
2. Promover, a través de la Asamblea Nacional, un cambio en la Presidencia del Banco Central de Venezuela y, a partir de allí, renovar al Primer Vicepresidente Gerente y a los demás miembros del Directorio. El nuevo equipo debe estar conformado por profesionales de reconocida trayectoria, con estudios reconocidos en Economía y capacidad de generar confianza, comenzando por la publicación inmediata de las estadísticas económicas que han sido suspendidas efectivamente desde finales del año pasado y la suspensión de los traslados de reservas internacionales a fondos parafiscales.
3. Revertir la reforma del Banco Central de Venezuela ejecutada en 2005 (Gaceta 38.232 del 20 de julio de 2005), a través de la cual se eximía a PDVSA de vender los proventos de las exportaciones petroleras al Banco Central de Venezuela. PDVSA debe liquidar todas sus divisas en el Banco Central de Venezuela, con la excepción de un fondo rotatorio que incluya sus compras en divisas e inversiones en equipos denominadas en moneda extranjera del ejercicio fiscal.
4. Eliminar el Fondo de Desarrollo Nacional, el Fondo Chino y los demás fondos en bolívares y moneda extranjera que han absorbido más de 150.000 millones de dólares y sobre los cuales no existen mecanismos de rendición de cuentas, para consolidar nuestras reservas en divisas en el Banco Central de Venezuela y la gestión fiscal en el gobierno central.
5. Reducir el déficit fiscal a través de la reducción de gasto público, particularmente en el gasto en bienes transables. En 2012 el gobierno venezolano alcanzó el gasto público más alto de América Latina: 52% del PIB, pero además ha venido incrementando sus importaciones hasta alcanzar 45% del total durante el último año reportado (2014).
6. Para reducir gradualmente el déficit, minimizando los impactos recesivos, es fundamental recortar el componente externo del gasto del gobierno (y muy particularmente el gasto militar) y permitir que sea el sector privado el que lo sustituya en términos de importaciones a precios relativos más eficientes.
7. Luego de anunciar estas medidas, el gobierno puede proceder a legalizar el mercado paralelo y unificar la tasa de cambio oficial.
8. La tasa de cambio oficial debe ser de naturaleza flexible, en función de las diferencias de inflación entre Venezuela y sus principales socios comerciales. Debe ser administrada directamente por el Banco Central de Venezuela a través de un sistema de subastas diarias de dólares a la banca nacional.
9. En las primeras de cambio, la tasa oficial debe estar restringida a importaciones, manteniéndose cerrada para las transacciones de capital, que podrán ser ejecutadas legalmente a través del mercado paralelo.
10. Durante el período en que prevalezca la tasa de cambio dual, el gobierno implementará un sistema de verificación aleatoria de importaciones ex post, para restablecer con mayor celeridad los flujos comerciales.
Fase II
Levantamiento del control de cambio
Es imposible prever las condiciones en las cuales ocurrirá la transición política de Venezuela. De mantenerse la esquizofrenia económica que hoy predomina, es muy probable que un conjunto de medidas como el que aquí se ha descrito produzca una fuerte apreciación del bolívar en el mercado paralelo. De entrada, esto reduciría la prima entre ambas tasas y haría más viable la unificación de las tasas oficiales en niveles más razonables.
El levantamiento definitivo del control de cambio dependerá del desenvolvimiento de la economía durante la Fase I, en especial del beneficio de la duda que los mercados internacionales (en términos financieros y comerciales) le otorguen a la correspondiente administración. En principio, la idea es deslizar la tasa de cambio oficial e ir incorporando la liquidación de divisas a tasa oficial para operaciones de capital de manera gradual, hasta que ambas tasas converjan.
La expectativa de una tasa oficial cada vez más incluyente, en términos de usos, podría actuar como un inhibidor a la adquisición de divisas en el mercado paralelo legal. La clave para que durante este proceso la brecha entre ambas tasas se reduzca gradualmente está en la reducción del déficit fiscal: Venezuela debe marchar hacia una consolidación y racionalización fiscal, basada en una reducción del gasto militar, en una gestión más eficiente del gasto público y en una vigorosa recaudación fiscal no petrolera sobre la actividad económica privada que resurgiría a raíz de la transición. Si no se corrigen los desequilibrios fiscales (el déficit proyectado para 2015 supera los 20% del PIB), la posibilidad de hacer converger el mercado cambiario de forma gradual y parsimoniosa hacia una tasa única y libre se reduce considerablemente.
Esta segunda fase resulta algo más incierta. No existen soluciones mágicas que garanticen el éxito, por lo que se requiere monitorear constantemente el desenvolvimiento de la economía y tener la flexibilidad necesaria para ajustarse, corregir y reorientar políticas en función de los diferentes eventos que pudieran ocurrir.
Aún cuando las medidas descritas en la Fase I involucran diferentes áreas de políticas públicas, distan mucho de ser una propuesta integral de acción. Hay otros temas importantes que no han sido tocados aquí, que son igual de urgentes y guardan en sí un potencial igual o más significativo. La única forma de recuperar el poder adquisitivo de los salarios es a través de mejoras sostenidas en los niveles de productividad. Y, en este sentido, la revolución ha plagado el sistema productivo de regulaciones inútiles, que han conducido la actividad económica a la vecindad de la paralización. Ir resolviendo esos cuellos de botella en coordinación con el sector empresarial será un elemento esencial, no sólo de la transición sino dentro de la concepción de una Venezuela productiva en el futuro.
En el contexto de una reforma como la que aquí se ha descrito, las primas por riesgo soberano deberían caer drásticamente. Eso es algo que abriría las puertas a un proceso de renegociación voluntaria de la deuda venezolana. Sin reforma económica, no tiene sentido renegociar. Sin cambios en los factores que subyacen a la percepción de riesgo de Venezuela, saldríamos a cambiar bonos de PDVSA que vencen en octubre 2015 (cupón de 5.00%), 2016 (5.125%) y 2017 (dos vencimientos: 5,25% y otro de 8,00%) por instrumentos con una tasa de interés implícita que ronda los 28,6%.
Renegociar sin reformar es una receta segura para acentuar la ruina de la Nación.
Lo que tenemos por delante no es nada fácil, pero tampoco es imposible. Para bien y para mal, no estamos en 2012. Sí: la caída en los precios petroleros, sumada a la impericia económica, han traído niveles de inflación, recesión y escasez sin precedentes en nuestra historia. Y han agotado nuestras reservas. Pero también es verdad que esta bomba de tiempo le ha estallado en la cara a la revolución, dejando a la vista de todos los resultados de la implementación y persistencia de un modelo fracasado. Le corresponde ahora a la Oposición ponerse a la altura de las circunstancias: presentarle al país una visión distinta de nuestra historia, una narrativa inclusiva, atractiva y esperanzadora que nos permita entender quiénes somos, cómo llegamos hasta aquí y cómo vamos a salir.

lunes, 8 de junio de 2015

¿Cómo vamos a salir de aquí?




En estas últimas semanas he tenido la oportunidad de participar en varias discusiones, mesas redondas y conferencias en donde la situación política de Venezuela y su posible desenlace ha sido el tema central. Allí he tenido la oportunidad de coincidir con exiliados, gente de paso, y residentes, todos venezolanos muy destacados, de diferentes tendencias profesionales, edades y posiciones políticas. La variedad es una fuente inagotable de riqueza y oportunidad cuando se trata de analizar diferentes opciones para resolver problemas que carecen de una solución técnica evidente.

Hago la referencia todos venezolanos, más arriba, ex profeso. En estos días la realidad se ha venido deslizando peligrosamente hacia un abismo oscuro que pocos hemos tenido oportunidad de sentir antes, en nuestra propia experiencia de vida. Esto ha arrojado sal sobre heridas que tenemos a flor de piel; el desespero y la impotencia de los venezolanos de adentro, la insatisfacción natural por la cotidianeidad y a los afectos perdidos de los de afuera; generando una barrera no sólo inútil, sino también inexistente. Permítanme tratar de cortar la venezolanidad de una manera diferente,

En estos días de desasosiego y desorientación, di con un discurso de Julio Cortázar, Realidad y literatura (Julio Cortázar, Clases de Literatura, Berkeley 1980) que me ha dado mucho qué pensar y me ha servido de cobija. Está escrito a comienzos de los ochenta, cuando el Sur de América Latina aún se encontraba atravesando la oscuridad de las dictaduras militares, y los intelectuales perseguidos de la región se refugiaban en México y Venezuela. Tras varias décadas de deterioro se nos ha olvidado que fuimos alguna vez un lugar de refugio, de esperanza, una tierra de oportunidad y vigorosa movilidad social que atrajo a numerosos inmigrantes y tuvo la nobleza de abrirle sus puertas a muchos exiliados políticos. Se nos olvida a nosotros, y se les olvida a los demás, varios gobiernos latinoamericanos que hoy andan por ahí como si la historia de sus países hubiese comenzado a mediados de los noventa, y como si ellos no tuviesen nada que deberle a nadie.

Cortázar hace referencia ahí a la indivisibilidad entre los de adentro y los de afuera “prácticamente todos los escritores latinoamericanos, vivamos o no en nuestros países, somos exiliados”. Hace énfasis la necesidad de contar con todos, a la contribución decisiva que presumía tendrían todos (como efectivamente ocurrió) en el renacimiento de sus países.  Ya hacia el final, Cortázar hace una única distinción entre los de adentro y los de afuera. Es una distinción legítima, no de malos y buenos y menos aún de ubicación geográfica. Es una distinción entre ciudadanos y nacionales. “Aquellos que opten por los puros juegos intelectuales y artísticos en plena catástrofe y evadan participar en lo que a diario llama a sus puertas, son latinoamericanos, como podrían ser belgas o dinamarqueses; están entre nosotros como nación por un azar genético, no por una elección profunda”. Los demás, los que nos levantamos a diario, dentro o fuera del país, y elegimos conscientemente no mantenernos al margen, esos, somos todos venezolanos.

Tras esta serie de eventos me ha venido cierta urgencia por ordenar mis pensamientos, organizar en una suerte de estantería mental las ideas, conclusiones, posibilidades e incertidumbres derivadas de esta rápida sucesión de interacciones.

I

La revolución hace rato que fundió sus dos motores: El carisma y el dinero. El país hace rato que se ha dado cuenta y no haya cómo ponerle fin a este desvarío, cuya duración sólo demuestra qué tan inapropiada medida es el tiempo para describir la experiencia humana y los fenómenos sociales. El régimen sigue ahí, atragantado, un enorme elefante que aún mantiene control de todos los poderes y el exiguo flujo de divisas; incapaz de empujar al país un centímetro fuera del barrial de crimen, corrupción, escasez, inflación y empobrecimiento al que lo trajo. Como suele suceder desde hace ya algún tiempo, el país no encuentra cómo resolver su crisis, pasar la página, y salir adelante.

La percepción de que haya una salida y se pueda alcanzar una solución negociada se ha ido extinguiendo en la medida en que los escándalos de corrupción y las investigaciones sobre narcotráfico que involucran a algunas de sus figuras más prominentes se han ido multiplicando como hongos. Para muchos de ellos ya no se trata sólo de su supervivencia política, sino también de su libertad, acaso también de su propia vida. En términos prácticos, les ha sido dictada una prohibición de salida del país por parte del entorno internacional, lo que los obliga a dejarse el pellejo aquí, superando límites éticos y humanos no vistos hasta ahora. Esto de lanzar a Alejandro Ledo por el balcón de la alcaldía Mario Briceño Iragorry, la vergonzosa difusión de las grabaciones de conversaciones íntimas de los presos políticos o las torturas que los informes de Amnistía Internacional y Human Rights Watch han venido relatando parecen apenas el comienzo.

Esos límites no sólo involucran a los mecanismos represivos. También la escasez, la inflación, las colas para conseguir alimentos básicos revientan sus propios récords, y los de toda nuestra historia, todos los días. Ya se ha convertido en hecho público y notorio que el Banco Central dejó de publicar estadísticas, no hay inflación, ni índice de escasez, ni balanza de pagos. Tampoco hay estadísticas de crecimiento ni consumo. Se ha propagado a este terreno esa forma del “si, no vamos a publicar nada, ¿y?” que ya es marca de la revolución en todas las esferas de la administración. “Sí, el CNE va a decir la fecha de las elecciones cuando le de la gana, ¿y?”. Y así sucesivamente.

Lo único que sabemos todos es que la vida es cada vez más frágil y precaria, que no sólo los sueldos cada vez alcanzan para menos, sino que cada vez existen menos asalariados. Los que nos inclinamos por formas más estilizadas de representar esta precariedad sabemos también que nuestras reservas vienen cayendo a razón de 50 millones de dólares diarios. Sabemos que están en sus niveles más bajos de los últimos 13 años (cuando dependíamos del dólar mucho menos que ahora, la comparación no es del todo justa). Sabemos que nuestros activos ya están reducidos al chasis de las barras de oro. Ya pronto empezarán a devorarse los lingotes de aquí también, si es que esto no ha empezado a ocurrir ya. También sabemos que la liquidez viene creciendo a ritmo de 67%-70% anual, y que para financiar ese 21% de déficit fiscal habrá que superar la barrera del 100%. Esto, junto con la enorme contracción de oferta de bienes que resulta de los recortes en las asignaciones de divisas (71% menos en lo que va de año), catapultará la inflación, esa también, hacia un nuevo récord.

II

Llegados aquí, existe un denominador común en el espectro que ocupa nuestras ansias por estos días: ¿Qué va a pasar? En términos generales existen tres grandes opciones.

La desventaja creciente en términos de preferencias electorales del gobierno ha ido elevando las probabilidades de que se retrase, o de alguna forma hoy inconcebible (y mañana evidente) se suspenda en el aire la consulta electoral. Sí, pan para hoy y hambre para mañana, pero para un gobierno que planifica y piensa en términos de semanas, de meses, unos pocos más podrían ser cruciales. ¿Tiene un costo político alto? Sí, pero no tan alto como lo tendría acceder a una elección con observación internacional donde saldrían derrotados en una proporción de tres a uno. ¿Por qué no han anunciado la fecha de las elecciones? Puede haber varias razones. Puede ser que facciones internas no hayan conseguido ponerse de acuerdo, o que lo estén estirando en espera de un milagro; una recuperación en los precios del petróleo (ya el modelo había empezado a pasar aceite con el petróleo a cien), o la concepción de un nuevo Dakazo. Tendría que ser mucho más colosal que el anterior: la magnitud de la crisis es ahora mucho más grande, el impacto requerido es exponencialmente mayor. En cualquier caso, parecen haberse dado cuenta de que la fecha de las elecciones es una suerte de opción, y las opciones (como los líderes) suelen valer más vivas que muertas.

La segunda opción, la que defienden más radicales en las redes sociales, es que el gobierno organice y anuncie la fecha de las elecciones, y planifique robarse una proporción de votos nunca vista desde aquél robo de Pérez Jiménez a Jóvito Villalba. Con la tecnología que han desarrollado hasta ahora no alcanza. Esa apenas les da para cuatro o cinco puntos porcentuales, a todas luces insuficientes para cubrir la brecha o inclusive maquillar el resultado. La enorme magnitud de la diferencia y la incertidumbre que en cualquier caso les generaría experimentar con esa nueva tecnología en medio de una circunstancia crucial, creo que hacen relativamente menos probable este escenario.

Por último, está la opción más valiente, esa que Chávez se atrevió a jugarse a ratos en situaciones de alto riesgo. Es decir, proceder con las elecciones aprovechando el margen de la tecnología electoral actual, explotar las ventajas en términos de financiamiento y medios de comunicación, llegar a límites nunca vistos en términos de amenazar empleados públicos y beneficiarios de programas sociales, y obstaculizar vergonzosamente la participación opositora. Aún en esta circunstancia, inclinarse por esta opción requiere algo de coraje, un activo que no parece abundar en la administración de Maduro. En cualquier caso, su meta más ambiciosa sería mantener a la oposición lejos de la mayoría calificada.

III

En la oposición debemos prever respuestas para cada uno de los tres escenarios anteriores. Los primeros dos nos mantendrían fuera de nuestra zona de confort y nos obligarían a seguir peleando en un terreno en el que tenemos pocas ventajas competitivas y en el hasta ahora hemos cosechado pocos éxitos. Nuestro set de capacidades y habilidades está mejor dotado para responder al tercero. A fin de cuentas, las respuestas óptimas a los dos primeros escenarios son intensivas en dinero, utilización de criminales, armas, y acaso también en términos de consecuencias fatales. Se trata de factores que la oposición en el caso del dinero no posee y en el caso de las armas ni las maneja ni forman parte de su lucha política. Y son alternativas que requieren capacidades que el oficialismo ha desarrollado.

La Asamblea Nacional, en cualquier caso, representaría una enorme victoria política, pero no abre la posibilidad de introducir cambios significativos en las decisiones y arreglos institucionales que nos han arrastrado hasta aquí. El sistema presidencialista de Venezuela, aún más a raíz del chavismo, ha creado un cisma entre el legislativo y el ejecutivo. Las cosas que nos tienen asfixiados, la política económica entre ellas, no se resuelven desde el hemiciclo del Congreso (salvo aprobaciones en leyes que involucren nuevos impuestos, de impacto muy modesto dada la magnitud de los desequilibrios actuales). Visto así, la oposición en la Asamblea corre el riesgo de pasar a formar parte de la comparsa del gobierno, sin ninguna posibilidad real de introducir un cambio.

En términos prácticos, una victoria opositora sería simbólica. Y como tal hay que aprovecharla. En este sentido, hay al menos dos cursos de acción que resultan relativamente evidentes. En primer lugar, articular una estrategia que se apalanque de inmediato en la victoria opositora, buscando propinarle al régimen (a la vieja usanza de Chávez) una serie de derrotas consecutivas. La segunda radica en la posibilidad de que una derrota en la Asamblea, centrada en la figura de Diosdado Cabello, consiga abrir un quiebre entre corrientes de la revolución, abriendo la posibilidad a una salida negociada que hoy no se ve en el horizonte.

Sea cual sea el caso, se hace imperante la construcción de una narrativa opositora, de una forma de contar nuestra historia diferente a la que ha escogido el chavismo, y que mucho opositor ha comprado de forma inadvertida. En cualquier de los escenarios anteriores, se requiere de una nueva versión para entender cómo llegamos aquí, quiénes somos, en qué creemos, por qué queremos ser gobierno, y cómo pensamos salir de aquí.

Tengo para mí que un elemento esencial de dicha narrativa debe ser abandonar la noción de que para ganar hay que repetir lo que nosotros creemos que la gente necesita oír; en lugar de lo que pensamos que necesita oír de acuerdo con nuestro diagnóstico y nuestra narrativa. Hemos pasado mucho tiempo siendo anti. La dificultad de operar en un entorno políticamente adverso, naturalmente ha terminado por agotar el tiempo que se le dedica a diagnosticar, proponer, crear consenso alrededor de las propuestas y empaquetarlas dentro de una narrativa más amplia y consistente.

Hay que reconocer que muchos de los males que hicieron posible al chavismo eran legítimos, y acaso son más legítimos hoy en día, pero nos vendieron los remedios equivocados. Hay que hacer énfasis en que la especialización es una precondición para el progreso, que no podemos seguir teniendo militares importando y distribuyendo comida, o decidiendo sobre nuestra economía; en la misma medida en que no tiene sentido usar economistas para tomar decisiones de guerra. Hay que reinsertar a Venezuela en la comunidad internacional, porque nuestros problemas son complejos y compartidos, y nos podemos apalancar en la cooperación global con otras naciones para salir adelante. En esa narrativa no puede esquivar la revisión de qué debe hacer el Estado por el ciudadano en el contexto de una sociedad próspera, y qué se espera que hagan los ciudadanos de ahí en adelante por el Estado y por sí mismos. Tiene que tener un componente social inclusivo esperanzador y moralizante, que transmita efectivamente la idea de que podemos salir adelante sin necesidad de que se nos quede nadie atrás.

Uno de los éxitos tempranos de la revolución, sobre el que aún se apalancan hoy en día, es el hecho de que nos han hecho perder toda esperanza en que un grupo de ciudadanos preparados, con una visión clara del progreso en el país, pueda organizarse políticamente y desencadenar un cambio positivo. El chavismo se alimenta de desmoralización y desesperanza. La narrativa es el vehículo a través del cual comunicamos nuestros valores y apelamos al sentimiento de la nación, con la intención de inspirar a tomar la acción necesaria para catalizar el cambio. Es un elemento esencial que hemos sido incapaces de articular en todos estos años.

martes, 21 de abril de 2015

La muerte más lenta (versión ampliada)


  
Mucha gente por estos días se pregunta en qué anda Maduro, qué tiene en la cabeza. ¿Cómo es posible que haya decidido profundizar en una receta económica que sólo ha traído inflación, desabastecimiento y recesión, cuando esas fuerzas se vuelven hacia él como un boomerang, y amenazan su supervivencia política?

Al momento en que usted lee, la economía venezolana está atravesando uno de los ajustes más difíciles y más ineficientes de los que hayamos tenido noticia. A partir del 2012 nuestras importaciones han caído en 28%. En lo que va de año el Banco Central ha decidido ahorrarnos la calamidad de conocer la cifra, pero es posible hacer estimaciones. Los resultados son alarmantes. Si uno se fija en las exportaciones reportadas por nuestros principales socios comerciales a Venezuela (un ejercicio que ha hecho Bank of America), la caída en el mes de enero podría estar alrededor de 18%. Si uno se fija en las liquidaciones de divisas en los diferentes niveles de tasas oficiales resulta todavía mayor. CENCOEX, SICAD y SIMADI (que le ha hecho honor a su nombre) han reducido la asignación de divisas al sector privado en aproximadamente 60% durante el primer trimestre. Tomando en cuenta que el sector privado realiza 50% de nuestras importaciones, eso pondría un piso a la caída de 30% (bajo el supuesto improbable que las importaciones públicas, de las que aún no tenemos noticia, se han mantenido iguales).

En cualquier caso, es un descalabro colosal. De mantenerse esos números, Venezuela cerraría el 2015 con importaciones 49% inferiores al año 2012, en unos niveles que no se han visto en el país desde el año 2005. Y he aquí que, cuando uno proyecta las necesidades de divisas con esa reducción, todavía hacen falta unos 10.000 – 14.000 millones de dólares. Eso es por el lado del sector externo. Por el lado fiscal, el déficit se proyecta en la vecindad de 20%, financiado esencialmente a través de la impresión de dinero y represión financiera, lo que sería consistente con una inflación por encima de 150%. ¿Por qué? ¿Por qué Maduro ha decidido seguir esta vía?

Entre las hipótesis que más se han repetido prevalece la idea de que, o bien lo hace a propósito, para destruir aún más la economía y afianzar su control; o bien es presa de grupos de interés que se benefician del status quo, y le son esenciales para su precaria supervivencia. No le tengo fe a la primera. Sí creo que hay algo de la segunda, pero no sé si alcanza para explicar en toda su extensión el disparate. Me gustaría proponer una idea diferente: Maduro ha escogido la muerte más lenta.

A mediados del año pasado, Rafael Ramírez se paseaba por Londres ofreciendo un paquete de ajustes de esos que ellos suelen llamar neoliberales, aunque no tengan nada que ver con el neoliberalismo. Los banqueros de inversión se hacían eco del road show y aconsejaban a los inversionistas llenarse los bolsillos de deuda venezolana. Y he aquí que, en algún momento, Maduro se deshizo de Ramírez y le dio la espalda al paquete. Quizás sospechaba que liberar el cambio, algunos precios, y aumentar la gasolina, lo iba a convertir en un blanco fácil dentro de la propia revolución. Es decir, una vez que él hubiese asumido el costo político, la tentación de obligarlo a dar un paso al costado bajo el argumento de que “ha destruido el legado de Chávez” y proponer un heredero más legítimo, se hacía ya demasiado grande. Esto que ustedes quieren hacer, no lo voy a hacer yo. Ustedes creen que yo soy frágil porque tengo 20% de popularidad, pero la verdad es que detrás de mí vienes tu, que tienes 6%, y tu, que no llegas a 1%. A fin de cuentas, aquí el único que cuenta con algún vestigio de institucionalidad soy yo.

Así, Maduro se inclinó por reorganizar la distribución del poder, y hacerle frente al barranco económico en toda su extensión, en un esfuerzo por ganar tiempo. Cada mes que pasa le hace falta un nuevo malabarismo. Primero fue el descuento de la deuda Dominicana, luego la emisión de deuda de CITGO, ahora el swap del oro. Y así. De aquí en adelante habrá que ponerse más creativo. Pero sigue vivo.

El año avanza, Maduro se mantiene precariamente, y la economía se deshace en pedazos. Si todo sigue como va, hacia mediados de año el gobierno va a tener delante de sí una decisión importante. Puede acelerar el recorte en las importaciones, lo que implicaría reducir en más de 50% con respecto al año anterior, un tercio de las de 2012, a niveles de comienzo de los 2000, en una época en que nuestro consumo depende de nuestras importaciones en una magnitud sin precedentes. Puede intentar liquidar en su totalidad el oro en reservas internacionales, y demás activos externos de la nación (si la cifra de activos externos son los 76.500 millones de dólares que ha calculado Bank of America, estamos pasando trabajo por gusto). Pero también podría empezar a reconsiderar los vencimientos de deuda que se vienen en octubre y noviembre.

En su carrera hacia el abismo, ganar uno, dos o tres meses podría ser de vida o muerte. Y hay maneras de darle la vuelta a los ominosos escenarios que muchos analistas - ya metidos en el agua hasta el cuello - insisten en señalar en caso de una cesación de pagos. ¿El embargo de los envíos de petróleo venezolano? Depende. Si el default se hace sobre los bonos soberanos, la mayoría de los abogados avezados en estas cosas opinan que sería muy difícil interrumpir el flujo comercial de PDVSA. El problema está en que la mayoría de los vencimientos que se aproximan son precisamente de PDVSA. ¿Y entonces?

El gobierno podrían tratar de crear una nueva compañía, y traspasarle los activos de PDVSA. Una vez consumada la operación, el default lo produciría una entidad inerte, ahogada entre sus deudas y sin mayores activos que embargar. Es sólo una posibilidad. De nuevo, es eso, o liquidar el oro, o recortar las importaciones a niveles no vistos en quince años.

No hay nada nuevo en esto. Ya el mercado está valorando la deuda venezolana con una probabilidad implícita de default de 57% en este año, 97% acumulada si se consideran los próximos tres. Es decir, si Maduro aguanta de aquí al 2017 y el precio del petróleo no experimenta una aceleración dramática (nadie está contando con eso), lo del default sería más que una probabilidad, una certeza.

Fíjense el contraste que existe entre la deuda externa argentina y la venezolana. Argentina se encuentra actualmente en default, pero el mercado sabe que pronto habrá un cambio en el poder, y percibe que en cualquiera de las tres opciones la política económica corregiría los desequilibrios y se haría más viable. Por esa razón, aún en default, la deuda externa argentina ha venido subiendo de precio vertiginosamente (el riesgo país bajando). En el otro extremo, Venezuela, que no ha dejado de pagar, que con una política económica razonable no tendría que considerar el default como una opción ni aún en la circunstancia actual, con su deuda perdiendo altura sin cesar, ya con precios similares a los niveles de recuperación históricos en casos de default.

Para cualquier otra administración, bajo cualquier otra política económica, el default no tendría sentido: en el mediano plazo, los costos superan con creces a los beneficios. Pero Maduro no cuenta en términos de años; cuenta días, semanas, a lo sumo se asoma a los próximos meses. Está en un callejón sin salida, que terminará por destruir la economía, pero prolongaría aún más su vidrioso mandato. Ha preferido esta muerte.


@miguelsantos12 

La muerte más lenta (versión breve para El Nacional)

La muerte más lenta

Mucha gente por estos días se pregunta en qué anda Maduro, qué tiene en la cabeza. ¿Cómo es posible que haya decidido profundizar en una receta económica que sólo ha traído inflación, desabastecimiento y recesión, cuando esas fuerzas se vuelven hacia él como un boomerang, y amenazan su supervivencia política? Entre las hipótesis que más se han repetido prevalece la idea de que, o bien lo hace a propósito, para destruir aún más la economía y afianzar su control; o bien es presa de grupos de interés que se benefician del status quo, y le son esenciales para su precaria supervivencia. No le tengo mucha fe a la primera. Sí creo que hay algo de la segunda, pero no sé si alcanza para explicar en toda su extensión el disparate. Me gustaría proponer una idea diferente: Maduro ha escogido la muerte más lenta.
A mediados del año pasado, Rafael Ramírez se paseaba por Londres ofreciendo un paquete de ajustes de esos que ellos suelen llamar neoliberales, aunque no tengan nada que ver con el neoliberalismo. Los banqueros de inversión se hacían eco del road show y aconsejaban a los inversionistas llenarse los bolsillos de deuda venezolana. Y he aquí que, en algún momento, Maduro se deshizo de Ramírez y le dio la espalda al paquete. Quizás sospechaba que liberar el cambio, algunos precios, y aumentar la gasolina, lo iba a convertir en un blanco fácil dentro de la propia revolución. Es decir, una vez que él hubiese asumido el costo político, la tentación de obligarlo a dar un paso al costado bajo el argumento de que “ha destruido el legado de Chávez” y proponer un heredero más legítimo, se hacía ya demasiado grande. Esto que ustedes quieren hacer, no lo voy a hacer yo. Ustedes creen que yo soy frágil porque tengo 20% de popularidad, pero la verdad es que detrás de mí vienes tú, que tienes 6%, y tú, que no llegas a 1%. A fin de cuentas, aquí el único que cuenta con algún trazo de institucionalidad soy yo.
Maduro se inclinó por reorganizar la distribución del poder, y hacerle frente al barranco económico en toda su extensión, en un esfuerzo por ganar tiempo. Cada mes que pasa le hace falta un nuevo malabarismo. Primero fue el descuento de la deuda Dominicana, luego la emisión de deuda de Citgo, ahora el swap del oro. Y así. De aquí en adelante habrá que ponerse más creativo. Pero sigue vivo.
Las cifras apuntan hacia una disminución en las importaciones del primer trimestre que podrían estar alrededor de 18% y 32%. Aún así, el déficit de divisas proyectado para el año se mantendría alrededor de 12.000 millones de dólares. Se aproxima septiembre y octubre, con sus colosales pagos de deuda. En esa carrera hacia el abismo, ganar uno, dos o tres meses podría ser fundamental. Y hay maneras de darle la vuelta a los ominosos escenarios que muchos analistas - ya metidos en el agua hasta el cuello - insisten en señalar en caso de una cesación de pagos.
¿El embargo de los envíos de petróleo venezolano? Depende. Si el default se hace sobre los bonos soberanos, la mayoría de los abogados avezados en estas cosas opinan que sería muy difícil interrumpir el flujo comercial de Pdvsa. El problema está en que la mayoría de los vencimientos que se aproximan son precisamente de Pdvsa. ¿Y entonces? Podrían crear una nueva compañía, y traspasarle los activos de Pdvsa. Una vez consumada la operación, el default lo produciría una entidad inerte, ahogada entre sus deudas y sin mayores activos que embargar. Es sólo una posibilidad. Es eso, o recortar las importaciones en una magnitud próxima a 40% o 50%, hasta niveles similares a los del año 2004. El default no tiene sentido a largo plazo, ni siquiera a mediano, pero Maduro cuenta en términos de días, semanas, no sé si llegue a pensar en términos de meses. Es un callejón sin salida, que terminará por destruir la economía, pero prolongaría aún más su vidrioso mandato. Ha preferido esta muerte.

@miguelsantos12

domingo, 16 de noviembre de 2014

Entre la reforma total y la posible

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Con el proceso político venezolano aproximándose lentamente hacia su cataclismo, surge la urgencia, acaso también la obligación, de dedicarle tiempo y energía a pensar cómo vamos a reparar el andamiaje. Es una tarea comprensiva que a ratos provoca desánimo, pues pareciera que no hay nada que pudiera tenerse en pie, nada que pudiera heredarse, nos ahoga la impresión de que todo queda por hacer. Y qué duda cabe de que es así. El chavismo ha arrasado con todo vestigio de institucionalidad, de funcionalidad, con toda lógica, con el entramado de los incentivos y ha terminado por dar al traste con las ganas de hacer las cosas bien. En esas condiciones la primera idea que viene a la mente es que hay que reformarlo todo, hay que refundar a la nación y hacer una suerte (otra vez) de caída y mesa limpia. Permítanme argumentar en contrario.
Ya a estas alturas está ampliamente documentado qué aspectos diferencian una reforma exitosa de otra que no lo es. No sólo se trata de aprender en cabeza ajena, también hemos acumulado ya alguna experiencia, predominantemente en lo que respecta al qué no hacer. En cualquier caso, las reformas “integrales”, las que procuran traer al país las “mejores prácticas” de otras partes, con la intención de “enviar señales claras”, tienen una probabilidad muy baja de traducirse en buenos resultados, o lo que viene a ser lo mismo, de sostenerse. Con frecuencia, en la euforia que produce el cambio, se procura demasiado, se dice que “Venezuela no volverá nunca a ser la de antes”, y se ignoran no sólo las circunstancias particulares que las hacen más o menos posibles, sino también los problemas específicos de la gente que deben ser el objetivo último del proceso de reforma. Esa acaso sea una razón más para dedicarle ahora algún tiempo a esta tarea, lejos de la urgencia que trae consigo la posibilidad del poder.
¿Y qué caracteriza a las reformas exitosas? Tres cosas. Se centran alrededor de problemas específicos. Analizan el contexto particular que rodea al problema, y buscan soluciones posibles dentro de esa circunstancia (el contexto no se suele adaptar a las soluciones, las soluciones se deben adaptar al contexto). Por último, incorporan en el diseño e implementación de soluciones o coaliciones amplias de grupos interesados en resolver el problema (lo que a su vez da origen a la regeneración de la institucionalidad).
Cuando se les mira en conjunto, las características de las reformas exitosas suelen dar importancia al contexto, a lo posible por encima de lo perfecto, y a la participación colectiva. De lo pequeño, la solución de problemas específicos, las coaliciones alrededor de la solución de los problemas, se pasa a estructuras más amplias como la ley y las instituciones (no al revés).
La economía no es la excepción. A estas alturas, dada la desastrosa experiencia nuestra en los últimos cuarenta años y el éxito de nuestros vecinos latinoamericanos, está muy claro a dónde queremos llegar. Ahí no creo que haya demasiadas divergencias, y cuando las hay, surgen alrededor de aspectos más técnicos que no son esenciales. El problema está en cómo vamos a pasar de aquí hasta allá. Es ahí a donde los lineamientos que he propuesto arriba pueden resultar útiles.
No podemos cambiarlo todo. Hay que identificar cuáles son los principales obstáculos y diseñar soluciones que, si bien no los corregirán de inmediato, sean pasos orientados en la dirección correcta. Algunas de las cosas en las que pensamos en las dos campañas electorales anteriores iban en esa dirección. Tómese por ejemplo el control de cambio. Es, a la vez, uno de los obstáculos más grandes en términos de fomento a la corrupción y desincentivos a la actividad productiva. Pero es difícil saber si al terminar de venirse todo abajo estaremos en condiciones de levantarlo del todo. Por esa razón, habíamos pensado en un mecanismo intermedio, que levantaba el control sobre las operaciones de cuenta corriente (exportaciones e importaciones) con un sistema de verificación aleatoria posterior a la importación y fuertes penalidades; manteniendo la cuenta de capital cerrada en el corto plazo. No soluciona el problema de entrada, se mantienen los incentivos a la sobrefacturación de importaciones como mecanismo para sacar dólares, pero iría alineando los precios relativos de forma gradual y permitiría al nuevo gobierno más flexibilidad para decidir el ritmo de la reforma según el beneficio de la duda que le den los agentes económicos y la comunidad financiera internacional.
Otro problema urgente es la inflación y su origen está en el Banco Central. Allí está la fuente de muchos de nuestros males (y no precisamente en los técnicos). Comprometer al Banco Central a reducir la inflación a un dígito en el corto plazo o a mantener cierto patrón cambiario versus alguna otra moneda, es una reforma loable, poco creíble y con muy pocas posibilidades de éxito (si sobrevive la reforma, será difícil que sobreviva el gobierno). Aquí hace más sentido comprometerse con algo posible, con una combinación de crecimiento e inflación (expresada a través de una meta de PIB nominal) que le permita al nuevo Directorio más flexibilidad en el ajuste a situaciones inesperadas potenciales (cambios en los precios del petróleo). La inflación y el crecimiento son dos bienes (un mal y un bien), y como suele suceder, una combinación de los dos suele proporcionar más bienestar que puntos extremos.
También es verdad que hay casos de reformas en áreas complementarias, en donde progresar en un sentido no conduce a ninguna parte si no se progresa en otro. Cruzan las mismas personas al otro lado cuando no hay puente, que cuando hay medio puente. Es el caso del control de cambio y el de tasas de interés. Levantar el control no tiene sentido si se mantienen las pérdidas forzadas a los ahorristas. La gradualidad en el sistema cambiario debe ir acompañada de un programa para estimular el crédito productivo, sacar a la banca progresivamente de su exposición a los bonos del Estado, y permitir que las carteras dirigidas (gavetas) vayan caducando en el tiempo. Como nos decía un avezado banquero por aquellos días, la banca es una industria que aguanta casi todo de a poco, y casi ninguna cosa de forma repentina.
No pretendo ser exhaustivo aquí, sólo quise exponer ejemplos de soluciones a problemas específicos, con base en el contexto actual, y la necesidad de generar grandes coaliciones alrededor del diseño y la implementación. Es una tarea pendiente en todas las áreas de políticas públicas que tienen que ver con los problemas de la gente. Es una tarea urgente, porque no creo que llegados allí tengamos mucho tiempo para deliberar, y porque es más fácil crear consensos amplios cuando no existe la posibilidad inminente del poder. Le tengo más fe a un proceso de ese tipo, que a una nueva refundación de la República.